Se acaba de ir la contracción de las
13:30. Es algo más floja que sus predecesoras. Más espaciada. Estoy sentada en
la sala de espera. Vengo al gine a revisarme. Llevo desde el martes por la
tarde con contracciones y quiero saber si están siendo tan efectivas como las
siento. Estamos a jueves. También quiero asegurarme de que todo está bien. No
es que tenga motivos de preocupación, no ha pasado nada que me haga sospechar de
una desviación de la norma pero, después de morirte una hija en el útero,
inconscientemente necesitas la seguridad de una ecografía. Que el cordón esté
en su sitio, como si verlo hoy en la pantalla bicolor pudiese convertirlo en
plano fijo. Como si un ecógrafo pudiese detener el fatídico ritmo de la vida
que se va, que se te escapa sin que puedas agarrarla. Estoy sola esperando, soy
la última. Enfrente, separadas tan solo por unos cuantos pasos, me mira doña
Rosalía. Estamos en su mes, el de febrero. El 24 de 1837 abría los ojos. El 14
de 1877 los cerraba con su Valentina muerta. Ya es curioso toparme su cartel en
un centro de salud. Hace unas semanas estaba exactamente en el mismo asiento,
contoneándome para encontrar postura cómoda a este sacro dolorido. Manchaba un
poco y era raro. Desde el primer parto no había vuelto a ver tapón mucoso y
encima su expulsión había supuesto su inicio. No estaba siendo el caso. De
hecho, estaba quieta en mi silla, como si todo se hubiese detenido. 40+3
semanas, nada preocupante, pero sí agobiante, extraño. Hacía unos días había
estado un par de horas con contracciones y, aunque obviamente cesaron, me
quedaba en el cuerpo sensación de parto. Concretamente, de estar de parto sin
parto. Me masajeaba el sacro de manera inconsciente, me balanceaba y caminaba
con las piernas muy abiertas, como con un gran peso que me pegaba a la tierra.
Pero la noche, al contrario de lo que se dice, desanimaba mis contracciones y me
permitía dormir plácidamente, que hasta la vejiga me estaba respetando en este
embarazo. Pocos síntomas fuera de los primeros meses horribles de horizontalidad.
Síntomas físicos, porque psicológicamente duro, de arrepentirse, de odiarlo, de
querer arrancarme la barriga y entregársela al primero que pasase. De querer
una cesárea. Supongo que cuando tu hija muere en tu vientre justo durante el
paso del útero a tus brazos, la transición se convierte en sinónimo de pánico.
Una niña perfecta, un embarazo perfecto que, en un segundo impredecible, se
torna muerte. Nunca me había sentido tan sin salida, tan sin ninguna opción
buena, callejón oscuro. Parir era pánico, la cesárea miedo y lo único cierto
era que este niño, sí o sí, iba a nacer. Y yo iba de culo, en un viaje entre
tinieblas, que se me sacudió hacia las 30 semanas cuando en una eco lo descubrimos
de nalgas. Nada que decidir. Nada mi responsabilidad. Cesárea programada en mi
hospital. Qué seguridad nos transmite la cesárea, como si fuese una
intervención inocua. Como si los niños abandonasen el útero por inofensiva
ósmosis. Como si nadie nunca se muriese en un hospital y diese igual nacer por
arriba que por abajo, en la semana 38 o cuando el bebé dice ya. Y sentí alivio.
Marcaría un día que nos viniese bien con mi gine que me iba a respetar en todo,
dejaría a los hermanos mayores en casa, la abuela pidiéndose días y
encargándose de la logística y, ya está, me darían un niño vivo y todos
contentos. El alivio me duró hasta que me dormí. Por la mañana algo se me rebeló:
¿de verdad vas a entrar a quirófano fresca como una lechuga sin una sola
contracción? ¿Vas a negarle su nacimiento como si tuviese la culpa del maldito
prolapso de cordón? ¿Puedes entrar andando al hospital y, despierta, sentir cómo
te remueven la entraña hasta arrancártelo, asustado, inmaduro? ¿Y si pasa
"algo"? Y comprendí que la cesárea no me garantizaba nada, que
igualmente podría haber complicaciones, mínimas, sí, tan mínimas como el 0,47
de riesgo de prolapso... Que marcar un día de cesárea no impedía que me pusiese
de parto antes. Porque no podía abstraerme de mi responsabilidad. No podía huir
del parto por miedo. Tenía que enfrentarme al abismo. Y, al contrario de lo que
me esperaba, no sufría ansiedad durante estas últimas semanas. De hecho, en
ningún momento había estado tan tranquila. Y decidí. Decidí hacer todo lo que
estuviese en mi mano para que se girase, a la vez que me hacía un máster en
partos de nalgas. Por si acaso. Probé posturas, leí y vi, técnicas, maniobras,
moxibustión y le dije "si tú te giras, yo te paro". Y tan
tranquilamente me planté en reunión con los jefes de obstetricia porque en la
semana 35 decidieron que no me atendían el parto, que eso era una cosa muy
loca, de hippies que no estudian seis años de medicina, ni la especialidad, ni
el MIR, ni escriben sesudos artículos científicos, ni tienen veinte años de
experiencia... Además, en su bola de cristal vieron que mi bebé no se iba a
girar. Y es que ni tendríamos que estar hablando de parto, que hay que
programar una cesárea sí o sí porque el útero se me va a romper y vamos a morir
todos.
-
Firma, te lo pido como favor personal, me dijo la coordinadora, esgrimiendo,
como se ve, un impecable argumento científico.
Y
yo firmé, pero la negativa a programarme.
-
A las cuatro de la mañana llegarás para cesárea de urgencia, vaticinó el jefe
antes de marcharse.
-
Y pondrás nervioso a todo el personal, dramatizó de nuevo la coordinadora, lo
que dice mucho de unas personas encargadas de tratar urgencias...
Le
puse datos y estudios sobre la mesa para demostrarle que, de verdad de la
buena, evidencia científica mediante, no era tan peligroso parir tras cesárea
en T invertida, ya que ese era el quid de la cuestión, que nunca una única letra
había sembrado tanto pánico.
-
No vamos a discutir de estudios, me suelta como un bofetón.
Señoría,
no hay más preguntas. ¿Entonces en base a qué decidimos? Y pasaron mi caso a la
asesoría legal porque si pisaba de parto el hospital, salvo que la cabeza
estuviese asomando, era cesárea sí o sí. Y tuve miedo de que me enviasen a casa
a la Guardia Civil para rajarme bajo orden judicial. Así que mis opciones de
parir pasaban porque estuviese mi gine de guardia o ingresar en completa. No
solo no me dejan parir sino que me niegan la versión externa. No va a ser fácil
pero estoy extrañamente tranquila. Algo me dice que esta gente poco va a decir
en mi parto. Nadie va a decidir el día de tu nacimiento. Un par de semanas
después, se giró.
Y
por fin entro en consulta. La ecografía nos muestra que todo va bien. Unos
2,800 kg de bebé, bien colocado, poco líquido, placenta arriba y cordón en su
sitio. El útero tiene varias zonas finas, de esas medidas que harían correr a
los saurios a quirófano por el riesgo de rotura, aunque la evidencia haya demostrado
que ninguna medida es predictiva. Suerte que no estoy con uno de ellos. Mi gine
me pregunta por mis contracciones. Después de un par de horas el sábado,
estando de 39+5, habían cesado hasta el martes. Eso no era raro. Menos con el
segundo, con el que tuve casi un mes de contracciones prodromáticas, mis partos
arrancaban directamente. Por eso estaba agobiada y quería saber si en estos dos
días se me había modificado el cérvix. Me parecían contracciones efectivas,
pocas pero contundentes. Y perdía tapón. El parto no podía tardar mucho más.
Las contracciones empezaban después de comer y se sucedían cada media hora.
Incomodaban un poco. Cesaban a la hora de la cena y volvían a reanudarse poco
antes de la medianoche. Sentía cómo me abrían el cérvix y yo lo visualizaba, me
repetía "respira y abre". En la cama continuaban y no me dejaban
dormir. Comencé a coger el móvil para cronometrarlas. Duraban un minuto. Me
ayudaba ver correr los segundos. Me concentraba. Me daba perspectiva. Con el
amanecer remitían y conseguía dormir unas horas. Le pido un tacto.
-
Estás de entre 2 y 4 centímetros.
Y
casi salto de alegría. Así, sin enterarme, estaba prácticamente de parto.
Marcamos monitores para dentro de unos días, si llego, y a esperar. Siento que
he cumplido resistiendo hasta ponerme de parto. Dejar que decida su día. Ya ha
estado bien de pelear. Me doy permiso para pedir una cesárea. Y me perdono.
En
casa sigo con el síndrome del nido con el que convivo desde hace semanas por
primera vez. He involucrado a polipadre y limpiamos paredes, techos, montamos
armarios, desalojamos la cocina o lavamos la ropa del bebé deseando que esta
vez no tengamos que guardarla sin usar. Respiración contenida. Físicamente lo
llevo, pero la cabeza ya no se me concentra en algo que no sea el día P. Las
contracciones se repiten en su patrón habitual. Tengo todo preparado para ir al
hospital. Controlado todo lo que puedo controlar. Me acuesto casi a la una y a
la 1:30 me despierta una contracción molesta. Respiro y abro caray cómo tira del
cérvix. Pretendo seguir durmiendo pero, siguiendo su ritmo habitual, otra
potente contracción me despierta a las 2 de la mañana. Pero esta vez es
diferente. No aguanto tumbada y tengo que levantarme y lo hago pensando por
qué, si contracciones cada media hora ni son parto ni son nada. Sentada en el
sofá tampoco estoy cómoda. Me arrepiento de no haber inflado la pelota de
Pilates. Siento medio culo en el borde del sofá y me incorporo con los brazos
cuando llega una contracción. Por supuesto, pongo la tele y enciendo la luz. El
ruido me ayuda a concentrarme y necesito luz porque estoy en alerta de parto.
Tengo que ver. En la tele escojo Calleja y pienso que esto se va a parar. Las
contracciones llegan irregulares y ahora no suelen pasar de los 40 segundos de
duración. Vamos a menos y me siento un poco tonta aquí medio sentada, a ver qué
hago levantada de madrugada con lo bien que estaría con mis chicos en la cama.
Algunas contracciones son más potentes que otras y me obligan a ir al baño. Presionan
la vejiga. Pierdo tapón y le hago fotos. Ya voy teniendo un buen álbum con
tanta pérdida. Identifico un patrón: ciertas contracciones, caída del tapón,
contracciones más "leves" que no lo mueven y vuelta a empezar. De
tanto ir y venir acabo dejando todas las luces encendidas, aunque de normal
siempre voy a oscuras. Qué curioso es esto de parir. Se me van pasando las
horas de la sala al baño, camino de ida y vuelta. Descubro que de pie llevo
mejor las contracciones y encima siento que la postura me ayuda a dilatar el
cérvix, que me sigue tirando, noto la cabeza sobre mi vejiga. También estoy
bien andando. Me aburro y, como no me quiero creer que estoy de parto, apago la
tele y vuelvo a la habitación. Voy a intentar dormir pero soy incapaz de
meterme en la cama. Me quedo agarrada a la ventana, piernas abiertas, pasando
la contracción. Sobre todo intento mantenerme erguida. Pienso que el segundo parto
fue tan largo por pasarlo a cuatro patas. Estoy empeñada en que la cabeza apoye
bien. No tengo ningún miedo, en contra de lo que pensaba, estoy tranquila,
segura de que la posición es correcta y de que el peque está bien. Se mueve
periódicamente. Me pierdo en las horas. Ya no aguanto más y despierto a
polipadre. Son las 5:45. Necesito que me haga un tacto para tener una idea de
cómo voy.
-
Solo toco cabeza.
No
puede ser. Es del todo imposible que esté en completa. Me parece que las
contracciones van a menos y ya casi no mancho. A ver si voy a estar en la
parada previa al expulsivo... No. No puede haber sido tan fácil. No tengo
sensación de pujo, quizás ni siquiera esté de parto. Igual aún es pronto pero
él insiste en llamar al gine. Sí quiere saber y saberlo ya. Lo hace a las 6 de
la mañana, mientras yo camino del baño a la sala y viceversa, pasando
contracciones apoyada en todos los muebles. Hago fuerza contra ellos y siento
que la cabeza deja de apretar la vejiga para situarse sobre el cérvix. Eso es
que está bajando. Voy andando con las piernas tan abiertas que casi no puedo
hacerlo, tengo que agarrarme, muebles, puertas o paredes. Voy desvistiéndome y
vistiéndome, sintiendo frío y calor. Bebo agua con gas y un par de tragos de
aquarius. Pero estoy bien, demasiado bien, como insisto en transmitirle al
gine.
-
Vaya, hemos hablado veinte minutos.
Y
ahí me doy cuenta de que en ese tiempo he pasado unas cinco contracciones y,
aunque para mí son muy espaciadas, eso implica que las estoy teniendo
aproximadamente cada cuatro minutos. En hora y media saldremos hacia el
ambulatorio para valoración. Creo que se han hecho un poco lío con eso de que
yo preferiría ir al ambulatorio antes que al hospital, que es cierto pero no
tenía apuro por salir de casa. Venga, a ver si hay suerte y paro antes, jajaja.
Y es que realmente no me apetece nada nada pero nada salir de casa. Barajo
incluso llamar a mi matrona para que venga a atenderme. Pero hemos quedado,
tengo que ir. Mi racionalidad ve conveniente un control médico. A todo esto
parece que, solo con la perspectiva, el parto se me detiene. Hermano mayor se
despierta y se levanta, lo que aprovecho para volver a la cama. Necesito estar
tranquila. Nada más entro en la habitación, mediano se despierta y, sin verme,
se va. Me hago una torre de cojines para apoyarme manteniendo cierta elevación.
Sigo con mi obsesión de que la cabeza apoye bien en el cérvix. Me tapo con la
colcha y estoy tan cómoda, tan a gusto, tan tranquila, tan calentita, que me
quedo dormida. Normal tras una noche en blanco y las dos anteriores con el sueño
interrumpido. Porque las contracciones siguen y, aún a medio dormir, me
incorporo lo que puedo para mantener la verticalidad de su cabeza sobre mi
cérvix. Quiero notar una leve sensación de pujo. No sé el tiempo que ha pasado
cuando irrumpe polipadre.
-
Tenemos que irnos.
Había
preparado a los niños y cogido todas las mochilas. Me traía ropa, la puerta
abierta, los niños jugueteando camino del coche. Soy incapaz de vestirme sola,
incapaz de separar los pies de la tierra. Muuuuuuuy despacio, con toda la
paciencia del mundo, él me viste, me apoyo en su cuerpo. Tenía yo preparado un
pantalón negro super flojo porque no aprieta nada, lo más cómodo que tengo, lo
mejor para sentarme en el coche con contracciones. Por encima, lo primero que él
ha pillado, una camiseta negra de manga larga viejísima que era suya y que
utilizo para estar en casa. Menos mal que no me veo porque entre el luto y el
pelo recogido y despeinado de cualquier manera en una coleta alta llevo un
aspecto lamentable. En la puerta me da una contracción y grito. Me ha
descentrado el cambio, estoy desconcentrada, molesta, me duelen más las
contracciones. Mi perro aúlla conmigo, tan gracioso. Estoy segura de que me han
oído los vecinos. Qué vergüenza y qué poco me importa. Por fin estamos todos
listos en el vehículo. Como no me puedo sentar voy de rodillas en el asiento
del copiloto, agarrada al respaldo. Tengo un primer plano de hermano mayor que
va protestando por no sé qué, por mucho que su padre le pide que se espere, que
lo primero es llevarme al médico porque ya va a nacer el hermanito. Algo le
digo. Ya va a nacer. Lo dice fácil. Me lo voy creyendo. Estoy muy incómoda.
Cada movimiento brusco del coche, cada curva o cambio de marchas me provoca un
tirón del cérvix. Es difícil mantener la postura, las piernas que no tienen
sitio suficiente para abrirse y bien apoyarme. Me tambaleo. Lo estoy llevando
muy mal y no hago más que repetir que más despacio, más suave. Llegamos al
ambulatorio más cerca de las 10 que de las 9. Mal aparcamos en la puerta y
hasta el coche llega mi gine con una silla de ruedas. Polipadre le había dicho
que no podía andar. Me subo a la silla tal cual voy en el coche, o sea,
malamente de rodillas agarrada al respaldo. No va la cosa muy estable. Mi gine
lleva mi móvil en su bolsillo. Polipadre se ha ido a aparcar y tenemos que
avisarlo cuando acabemos. Me muero de la vergüenza. Bajo la cabeza como si con
eso pudiera desaparecer los ojos curiosos que noto puestos en mí. Subimos tres
plantas en el ascensor directos a la consulta. Está la enfermera ayudando a
desvestirme, parando las veces necesarias para respetar cada contracción. Las
sigo pasando de pie, piernas abiertas haciendo fuerza contra lo que pillo,
silla, camilla, potro. Soy incapaz de tumbarme así que lo intentamos de pie
pero no conseguimos escuchar el latido. No me queda más remedio que aguantar en
la camilla. El bebé está perfecto y mi cérvix está dilatado... 5 centímetros.
Se me cae el mundo encima. No contaba con tan poco. ¡Si casi ni puedo andar! Y
aún tengo que llegar a 7 centímetros, hacer mi parada fisiológica habitual de
vete a saber cuánto tiempo, continuar hasta completa y el expulsivo.
¡Demasiadas horas! Nada. Imposible. El juego ha terminado. Voy a pedir cesárea.
Voy al hospital y en cuanto llegue mi gine, que aún tiene un par de horas de
trabajo por delante, le pido cesárea.
-
Bueno, estás de parto, probablemente será para mediodía o primera hora de la
tarde.
¡Ja!
¡Y un cuerno! ¡No me conoce! ¡Al mediodía de mañana o pasado pariré yo! ¡Con lo
que tardo! Y, sumándosenos la enfermera, deshacemos el camino montada a lo loco
en la silla de ruedas. La enfermera se piensa cómo bajarme por la rampa, mi
gine se adelanta para hablar con polipadre que, no sé cómo, ya estaba esperando
en la acera. Estoy tan enfadada que me levanto. Qué coño, si solo estoy de 5
centímetros esto no es parto ni es nada, no tengo por qué no ir andando. Agarrada
a los dos hombres, bajo por la rampa.
-
Entonces aparcad cerca del hospital y en dos horas más o menos termino y hablamos
a ver cómo va. Si pasa algo entráis al hospital. Creo que mejor esperar antes
que ir directamente, ¿no?
-
Uy, sí, ella no quiere ir al hospital.
¿Qué?
¡Están locos! ¿Cómo voy a aguantar dos horas así en el coche? ¡Con lo que me
había costado llegar y no había sido ni media! ¡Yo sí quería ir al hospital!
-
Bueno, estás de parto. ¡Ánimo!
Y
se despide y nosotros arrancamos el coche, yo de vuelta a las rodillas en
precario agarrada en el respaldo. Salgo peor de lo que entré. Si ayer estaba
quizás de 4 centímetros, toda la noche para dilatar solo uno... Me vengo abajo.
No aguanto más. No voy a aguantarlo. El parar y arrancar de la conducción por
la ciudad no me ayuda. Me tira del cévix.
-
Para. Para ya de una vez, me quejo.
Estamos
dando vueltas buscando aparcamiento y ya no lo aguanto más. Estoy muy incómoda.
Polipadre me dice algo que no recuerdo y, por fin, aparcamos. Los niños ya
están fuera del coche cuando casi ni me ha dado tiempo a levantar la cabeza.
Esto es lo que hay. Dos horas. Tengo que ponerme cómoda.
-
Quita las sillas, así no aguanto, necesito sitio.
Y
me bajo del coche. A mi espalda hay una montaña de tierra donde de reojo intuyo
a los niños. Los oigo reír y hablar. Ya están subiendo y bajando. No tengo ni
idea de dónde estamos.

Polipadre
hace hueco como puede y retira al maletero la silla más grande. Yo me lanzo a
la parte trasera que ya no aguanto más. Hay una sábana vieja y la enrollo para
apoyar brazos y cabeza. Sigo con mi obsesión de mantenerme lo más erguida
posible aunque esté en un coche prácticamente a cuatro patas. Cojo postura con
las piernas fuera del coche. Tengo la frente apoyada contra la silla que queda.
Cuando me llega una contracción hago fuerza con la cabeza contra ella, con las
piernas contra la carrocería. Tengo muchísimo frío. Estoy temblando. Polipadre
me ve. Está al lado del coche, a mi lado, controlando a los niños que siguen en
su juego despreocupado. Me da su abrigo. Ahora sí que ya llevo un look total,
con una zamarra extra grande que incluso me permite abrocharla del todo, a
pesar del barrigón de 40 semanas y 4 días.
Me
dispongo a aguantar las dos horas pactadas antes de pedir una cesárea.
-
No puedo, le digo a polipadre.
Me
abraza.
-
Voy a pedir una cesárea. No aguanto. No aguanto más.
Me
recoloco como puedo en el coche, ya sin frío. Empiezo a tener sensación de
pujo, muy suave. Y una mierda voy a estar pujando si solo estoy de 5
centímetros... Mi cabeza no deja de dar vueltas. A decir verdad, ¿por qué no
aguanto? No es que tenga un dolor insoportable, para nada, de hecho, ahora que
he encontrado postura cómoda, las contracciones son bien llevaderas. Y son
escasas, tanto que me adormezco. El sol de esta primavera adelantada me
mantiene calientes los riñones. Lo que me atormenta es el tiempo, desconocer
cuánto me queda así. Ya me lo he currado suficiente todo el embarazo. Quiero
parar ya.
Rápido
ya ha pasado una hora y ya solo queda otra. No noto que mi útero trabaje, no
siento movimiento, solo la contracción que presiona la cabeza contra mi cérvix.
Lo siento completamente ocupado por ella y eso me da tranquilidad, ya que sin
bolsa rota no hay prolapso. El peque se mueve periódicamente. Cuando me parece
que lleva un tiempo quieto, como si me escuchase, me golpea con suavidad. Creo
que todo está muy parado, llevaré unas ocho contracciones en todo este tiempo.
Ni estoy gritándolas, como mucho abro la boca y sigo visualizando como mantra
mi "respira y abre". Tampoco siento necesidad de quitarme la ropa, de
hecho, ni tengo calor, aunque me noto las mejillas coloradas. Es decir, no hay
ni rastro de todo lo que hice en mis partos anteriores. Hace sol, la mañana
avanza, los niños continúan en la montaña, polipadre riñe a hermano mayor y
cruza unas palabras con un operario que entra y sale varias veces montando una
pequeña excavadora. Estamos en un prohibido aparcar y aún así, sin velas, sin
oscuridad, sin la intimidad de mi propia cueva, los pujos cada vez se me hacen
más evidentes y es a los 7 centímetros cuando yo empiezo a pujar. Es probable
que tenga esa dilatación y esta se me haya parado, preparando los cuerpos para
la última fase expulsiva. Sigo pensando en solicitar una cesárea, pero también
pienso en hablarlo con mi gine, escuchar su valoración y tomar después una
decisión. No me parece justo para mi peque extirparlo sin causa médica
justificada. ¿Me pondrán por lo menos la epidural? No sé si pueden tras mi
cesárea. Tampoco he visitado al anestesista ni firmado el consentimiento. Los
pujos cada vez son más fuertes. Empieza a salir líquido, me corre piernas abajo
empapando el pantalón. Es pis. Seguro. Por unos instantes, me pienso plantarme
allí mismo en cuclillas y evacuar vejiga, pero ya me parece excesivo que menudo
el espectáculo que debemos estar dando en la vía pública, los niños a lo
mowgli, yo a medio meter en el coche y polipadre en pie vigilando la escena.
Estoy muy incómoda con el pantalón extra ancho pegándoseme, inundado, a la
piel.
-
¿Qué hora es?
-
Las doce.
-
Llámalo.
Y
a mi gine aún le queda una media hora en el ambulatorio, más unos quince
minutos de desplazamiento. Puedo esperar o ir ya al hospital.
-
Vamos.
Y
es que tengo que sacarme el pantalón. Y la racionalidad me dice que debo
asegurarme de que no se trata de líquido amniótico. Me pondré cómoda y esperaré
su llegada para decidir. Él confía en mí, tampoco es cuestión de defraudarlo
ahora. Despacio me incorporo para agarrarme al respaldo del asiento. Ya no me
muevo. Los dos niños van en el asiento delantero. Estamos al lado del hospital.
Me toco el pantalón y me llevo los dedos húmedos a la nariz. Es orina. Ahora sí
voy todo glamour... En cuestión de minutos estamos ya en la puerta de
urgencias. Polipadre entra y vuelve acompañado de una celadora con silla de
ruedas. La oigo preguntarle si puedo andar. Yo ni medio palabra, vuelvo a
montarme de rodillas en la silla. Ella se alarma pero yo ni caso. Él se queda
dando mis datos y a mí me llevan directa a las urgencias obstétricas. Cada vez
que me viene una contracción, que ya es puro pujo, le digo que pare y me bajo
para pasarla apoyada contra la silla. Buena parte del tiempo mantengo los ojos
cerrados. Creo que no grito.
-
No, por favor, no, no te bajes, suplica angustiada.
Y
es que supongo que una mujer de piernas abiertas, pantalón empapado y pinta de
empujar debe asustar, a ver si le voy a parir en cualquier pasillo. Por fin
llegamos y ni me meten en consulta, sale una ginecóloga que se presenta:
-
Ya nos conocemos, me dice.
Sí,
le había puesto una queja en mi anterior embarazo por negarme la tercera
ecografía si no iba a una consulta anterior. Me dice que iremos directas a la
sala de parto natural, que no hay tiempo de verme allí.
-
Empiezo a empujar a los 7 centímetros y lo del pantalón es pis, le comento para
que vea que no hay tanta prisa.
Están
discutiendo si silla si camilla y por fin me traen esta última. Me subo como
puedo y me mantengo a cuatro patas.
-
Mejor túmbate, no te vayas a caer.
-
No, voy bien.
Necesito
apoyar las manos, hacer fuerza contra lo que sea para pasar los pujos. No me
voy a mover. Entramos en la sala y me presentan a otra ginecóloga, otra
matrona, una auxiliar. Me desvisten y el camisón se queda sin poner en mi
brazo, me mantengo a cuatro patas y tan solo brevemente consigo medio tumbarme
de lado. Alguna me hace un tacto. Yo estoy muy concentrada, ni me fijo en
nombres ni en caras. Entre ellas se informan:
-
9 centímetros o completa con reborde.
Mierda.
A la mierda la epidural, ya no me la van a poner. A la mierda la cesárea, estoy
para expulsivo ya. ¿Pero por qué no sale si estoy en completa? Solo hay que
esperar. Cuando estoy en completa, simplemente, paro. Debe estar atascado,
tengo esa sensación. Siempre me ha resultado fácil el expulsivo y lenta la
dilatación. Parece que esta vez iba a ser al revés. Ni me creía que hubiese
dilatado tanto en tan poco tiempo. Pero, ¿ahora qué? Mi cabeza va a mil, no
dejo de pensar. Voy a pedir que me llenen la bañera. Es probable que el agua
caliente me ayude. Tengo el sacro muy dolorido y me tiemblan las piernas. La
matrona me está poniendo una vía en la muñeca.
-
También vamos a sacarte sangre para las pruebas de coagulación que no las
tienes hechas.
No
quería vía pero en mi última versión del plan de parto decidí aceptarla, ya que
para ellos era tan importante. Me duele. La vena se ha roto y tiene que volver
a intentarlo en el brazo. Entra otra ginecóloga que también se presenta. Es la
del turno de la mañana. Entran más mujeres y ya no sé si son matronas o
auxiliares. No encuentran latido fetal y, cuando lo hacen, este es
bradicárdico. Me ponen en el dedo el pulsioxímetro para cerciorarse. Pierden
foco. Me ponen las correas. Bradicardia. La última ginecóloga en entrar me
informa de que hay que romper la bolsa y proceder a la monitorización interna.
-Ya
sé que no quieres intervenciones pero es importante, añade, siempre en tono
amable.
A
mí me fastidia que por presentar un plan de parto ya se me etiquete como
anti-medicina. Pues no. Si el latido es bradicárdico hay que confirmarlo. Como
sea. Para eso están ellos y las intervenciones, nada que ver con aceptar una
cesárea en la 38... Tengo que tumbarme para que rompan la bolsa. Boca arriba es
imposible así que me quedo sobre mi lado derecho. Me viene un pujo tremendo y
siento la necesidad de incorporarme pero tengo que aguantar así y tengo que
pujar, no me van a cortar el pujo. Noto presión en la vulva y me sorprende que
nadie me diga que está naciendo. Me llevo instintivamente a ella la mano
izquierda y aprieto mientras pujo. Un chorro se propulsa entre mis dedos.
Procede de la uretra, tiene que ser orina. Me ponen en la pierna el electrodo
para la monitorización. La gine, sentada a los pies de la cama, pide
instrumental para la amniorrexis. De repente un pujo que me hace incorporarme.
Estoy a cuatro patas.
-
Se ve la cabeza, dice la ginecóloga sin moverse.
Y
paraliza cualquier intervención, monitorización incluida. Yo noto fuego en la
horquilla. Tiene que ser el famoso aro. Primera vez que lo siento. Como si
fuese una cabeza pequeñita. Ahora es cuando va a doler. Y vuelvo a empujar y lo
noto y la gine me pregunta si quiero tocar la cabeza, que sale, que tiene pelo.
Pero yo prefiero apoyar mi mano en la cama, seguir haciendo fuerza contra ella.
Siento como un dedo de abajo a arriba y le digo que me está haciendo daño.
Pienso que me está tocando para proteger el periné o yo qué sé.
-
No soy yo, es el bebé.
Y
no quiero empujar porque me va a doler y, a la vez, sé que tengo que empujar.
Mi cuerpo empuja solo. No hay aro de fuego, solo esa quemazón en la horquilla.
La cabeza sale y oigo voces que me dicen que respire tranquila para oxigenarlo,
que empuje despacio. Pero no soy yo la que lleva el control de mi cuerpo. En el
siguiente pujo sale el cuerpo.
-
Uno más y ya está, me dice la gine.
Pero
yo ya me estoy girando porque noto sus piernas deslizándose por mi vagina. Lo
recojo de sus manos, una bolita, encogido, resbaladizo de vérnix. Lloro y río.
Casi no me lo creo. Ya está aquí, tan rápido, tan fácil, tan bonito. Y vivo. Y
me quedo como esperando el parto, esperando contracciones que me duelan, aro de
fuego que me doble. Me quedo a medias. Hace mucho ruido al respirar e intenta
eliminar líquido por la boca. Enseguida tiene una toalla encima y la matrona me
insiste en que le frote la espalda para estimularlo y que llore.
-
Ya sé que no quieres pero tenemos que asegurarnos de que llore bien.
Quizás
esa limpieza le borra el olor a vida del líquido amniótico, que no llega a mi
nariz. Rompió la bolsa al salir. La ginecóloga me enseña el cordón blanco y lo
corta. El cordón aún nos depara otra sorpresa: un nudo verdadero.
No
puedo evitar pensar en que, de haberme programado cesárea, me hubiesen dicho
que ese nudo no aguantaría un parto... Ese nudo para mí es una señal.
-
Un milagro, suspira la matrona.
Bastante
rápido sale la placenta y me estrujan el útero. Odio esta maniobra. Por la
diosa, mi útero acaba de sacar un bebé, ¡qué le vais a enseñar a contraerse!
Tanto la matrona como una de las gines me insisten en que avise a mi pareja. Yo
estoy en mi mundo, sin separar los ojos del pequeño. Quiero llamarlo pero me
cuesta salir de mi burbuja. Tampoco me gusta que me hablen. No se cuidan nada
estos momentos del posparto inmediato, nuestro período de alerta, que debería
ser tranquilo. Consigo enviarle una foto hecha a una mano.

La
ginecóloga en su estilo suave me recomienda ponerme oxitocina para evitar una
hemorragia en mi potencialmente peligroso útero de multípara. Me pilla a
contrapié y acepto. Nos trasladan a REA entre enhorabuenas varias, con mi bebé
enganchado al pecho. Allí no hay nadie más que enfermera y auxiliar. La matrona
me dice que puede entrar mi familia. Entra mi gine también a felicitarme. La
enfermera me busca en la espalda la huella de la epidural y alucina cuando se
entera de que se puede parir sin ella. Y sin episiotomía. Y que a los niños no
se les caen los ojos aunque no les pongas la profilaxis ocular. Entra polipadre
con los niños y él también alucina pero por la rapidez. Apenas acababan de
entrar en una cafetería cuando recibió mi foto.
-
¿Cuándo nació? Te dejamos a las 12:40 más o menos.
-
A las 13:05.
La
matrona vuelve para pedirme el papel de acuarela y me trae un zumo a mí y a los
niños. Me viene genial porque estoy muerta de hambre y de sed. Llevo desde la
cena sin comer nada y durante la noche apenas apuré unos tragos de agua y
aquarius. Quiere imprimir la placenta tal y como figura en mi plan de parto. Yo
ni me acordaba. Era más un recuerdo por si acaso... Pero mando a polipadre de
vuelta al coche a por él, más que nada para que se lleve a los niños. Necesito
tranquilidad, leñe, y no estar pendiente de que no toquen aquello o no se suban
allí. En su ausencia vuelve la gine:
-
Al final fui yo la que te hice el parto.
Ojos
en blanco se me quedan. El parto lo hice yo, que sí, que es una forma de hablar
pero es una forma de hablar que dice mucho. Entran las pediatras que me cuentan
los riesgos del alta temprana y me hacen firmar un consentimiento. No dicen
nada del riesgo de sacarme a mí bebé para examinarlo, medirlo y pesarlo en una
mesa, a mi vista pero lejos de lo único que conoce, de su único hábitat: mi
cuerpo. 8/10 de Apgar. 3,020 kg y 50 centímetros. Viernes 24 de febrero, 13:05
horas. Me dan el alta aunque no quieren. Aquí llegan mis muchachos con el papel
y la matrona enseguida me trae la impresión.

Ella
y la auxiliar se despiden, hay cambio de turno. La auxiliar me dice que me verá
en unos años, cuando vaya a parir a la niña. Y lo dice tan convencida que
parece una premonición. Mediano se ha quedado dormido en el suelo. Lo suele
hacer cuando está agobiado en un sitio desconocido, cerrado y con extraños. Ya
casi han pasado las dos horas reglamentarias y nos vamos preparando para volver
a casa con el nuevo miembro. Mi gine me trae mi alta y también se despide. Le
debo más de medio parto. Ha tenido que ser a la cuarta que consigo un
seguimiento de embarazo sin estrés, sin miedo a cada nueva consulta. Un
verdadero acompañamiento donde las pruebas eran las necesarias para nuestro
bienestar y no números para cubrir un aséptico expediente. Por primera vez, yo
importé. Y es gracias a él. Llaman los vecinos que me oyeron gritar esta mañana
y se sorprenden de que salgamos tan pronto. Tengo que pedir una cuña para hacer
pis -maldito suero- porque allí cerca no hay baño. A cámara lenta, con pereza
por abandonar la magia de estos primeros momentos, vestimos al peque y me
visto, mi pantalón ya casi seco de pis, porque no he traído muda. No me mareo
ni un poco, aunque mi tensión está por los suelos. Jamás hubiese imaginado un
parto así. Y salimos cargados de bolsas, cajas y niños. Bajo tres pisos por las
escaleras y camino una calle hasta el coche donde devoro mi tradicional
bocadillo de nocilla posparto. Por primera vez, paso el resto del día en mi
casa, en mi sofá, con mi bebé pegado. Y ya es paradójico, pienso, conseguir
ahora lo que me había resultado imposible en mis planeados partos en casa. La
normalidad. Y me ducho tranquilamente sin notar que mi cuerpo acaba de parir.
Ni un rasguño. Y tengo la seguridad de que cuando me muera volverán a mí las
imágenes de la primera vez que vi a mis hijos. A los cuatro.
Luego
llegó la leche y las heridas por un frenillo considerable que la seguridad
social tardaba quince días en valorar porque no es una urgencia ya que el niño
come y a nadie le importa mi tremendo dolor que malamente contienen las
pastillas. Tenemos que cortarlo por privado.
Luego
los cuidados que doy por inercia, porque sentirlos es sumergirse en el dolor
profundo y lacerante de la ausencia. Del cuerpo que se quedó sin dar. A la
puertas de la vida. Sin ella, con nadie. Como si pudiese traicionarla. Aquí
contenido un parto partazo que sin embargo leo frío, siento ajeno. Indiferente.
Desconectada. Hay días que no sé si es niño o niña. Que les pongo la comida a
los mayores y me sobresalto porque al pequeño no le doy, que no recuerdo que se
bebe la leche de mi pecho. Quizás perdí para siempre la inocencia y ya nunca
será lo que debió ser. A la vez, crío consciente del milagro y viviría
eternamente pegada a él.